Perseguir pérdidas en póker es el momento en que tu objetivo cambia en silencio: de jugar bien a “volver a estar a cero”. Puede ocurrirle tanto a principiantes como a jugadores con experiencia: sientes una pérdida como un asunto pendiente, tu paciencia se acorta y empiezas a tomar decisiones para arreglar cómo se siente la sesión en ese instante, en lugar de maximizar el valor esperado a largo plazo.
La señal más habitual es un cambio en lo que intentas optimizar. En vez de pensar en ciegas grandes, rangos y situaciones, piensas en “recuperar hoy”. Esa sola frase basta para deformar toda tu estrategia, porque empuja a horizontes más cortos y a decisiones con más volatilidad.
En partidas de cash, la persecución suele verse como una subida de límites por impulso: saltas a un nivel “solo un rato” porque un bote grande podría borrar el daño. En torneos, puede ser registrarte tarde cuando ya estás cansado, entrar en buy-ins más altos de lo planificado o disparar reentradas extra sin una ventaja clara, porque parar se siente como aceptar la derrota.
Otra pista es alargar la sesión. Sigues jugando más allá de tu hora de cierre prevista, diciéndote que la mesa está demasiado buena como para irte. La razón real es emocional: quieres que termine la incomodidad de perder, y continuar parece el único camino hacia el alivio.
La varianza del póker es una excusa perfecta. Como puedes perder jugando bien, tu mente siempre puede afirmar que la pérdida es “temporal” y que la corrección más rápida es simplemente jugar más manos ahora mismo. La lógica suena limpia, pero ignora un detalle: tu calidad de decisión no se mantiene estable bajo estrés.
Perseguir pérdidas también se relaciona con el sesgo del coste hundido. Cuanto más tiempo y dinero has invertido ya en una sesión, más difícil es parar, porque parar se siente como desperdiciar lo que has puesto. En realidad, el único dinero que puedes proteger es el que todavía no has perdido.
Por último, la persecución protege la identidad. Muchos jugadores vinculan su valía a los resultados a corto plazo aunque entiendan las matemáticas. Cuando esa identidad se siente amenazada, la persecución se convierte en una forma de demostrar que sigues siendo “bueno”, justo cuando es menos probable que tomes decisiones tranquilas y disciplinadas.
No “piensas” para salir de la persecución cuando ya estás cargado emocionalmente; sigues un protocolo escrito de antemano. La clave es eliminar la negociación. Si esperas a estar perdiendo para decidir qué hacer, tu mente siempre encontrará una razón para seguir.
Define dos reglas innegociables antes de jugar: un stop-loss y una hora límite. El stop-loss debe proteger tu plan general (rutina semanal o mensual de banca), no tu orgullo. Cuando alcanzas ese número, paras aunque la mesa sea blanda, aunque sientas que estás cerca de recuperar y aunque la última mano haya sido un bad beat.
Añade fricción para continuar. Si juegas online, cierra sesión cuando alcances el stop-loss y haz algo que cree una pausa: caminar, ducharte, comer o salir un momento. Si juegas en vivo, recoge tus fichas y aléjate del área de juego. La persecución se alimenta del impulso; romper el impulso no es debilidad, es control.
Paso uno: levántate y muévete durante dos minutos. Sin excepciones. Cambiar la postura y el entorno interrumpe la visión de túnel que hace que la siguiente decisión se sienta urgente.
Paso dos: formula una única pregunta por escrito: “Si empezara una sesión nueva ahora mismo, ¿elegiría este nivel, esta mesa y esta duración con mi estado de ánimo actual?” Si la respuesta honesta es no, no estás eligiendo un buen spot de póker; estás intentando reparar una emoción. Esa es tu señal para parar.
Paso tres: elige solo una de tres acciones preaprobadas: terminar la sesión, bajar de límites según un paso planificado o tomar un descanso fijo (por ejemplo, 30 minutos) antes de decidir cualquier cosa más. El error es inventar una cuarta opción en medio del tilt, porque esa opción “creativa” suele ser persecución disfrazada.

La disciplina no es un estado de ánimo; es un sistema que aguanta cuando te sientes mal. Tras un downswing, el objetivo es reducir la fatiga de decisión y reconstruir rutinas previsibles, porque la fatiga te vuelve impulsivo y el impulso alimenta la persecución.
Separa la gestión de banca de las emociones con reglas escritas. Define cuándo bajas de límites, cuándo te tomas un día libre y qué niveles tienes permitido jugar según tu banca, no según tu confianza. Cuando las reglas están por escrito, no las discutes en el momento; las sigues.
Registra las condiciones con el mismo cuidado que registras las manos. Anota qué suele disparar tu persecución: cansancio de madrugada, alcohol, presión social, aburrimiento, rachas largas perdiendo o golpes emocionales concretos como bad beats. Los patrones de tu entorno y tu estado mental suelen ser más útiles que otra hora de solver cuando la fuga real es conductual.
Si la persecución es frecuente, crea salvaguardas externas. Usa límites de depósito, límites de tiempo y pausas de enfriamiento en cualquier sitio donde juegues. La idea no es castigarte; es dificultar la escalada cuando no estás pensando con claridad.
Elimina el acceso fácil. Borra métodos de pago guardados cuando sea posible, evita jugar con el móvil en la cama y encierra tus sesiones de póker dentro de horas planificadas. Perseguir pérdidas suele necesitar rapidez: rapidez para recomprar, rapidez para registrarte, rapidez para “arreglarlo”. Ralentiza el proceso y le das tiempo a tu parte racional para volver.
Si el patrón se intensifica más allá del póker —persecución durante varios días, ocultar pérdidas, pedir dinero prestado para jugar o sentir que no puedes parar— trátalo como un problema de salud, no como un problema de estrategia. En esa situación, da un paso atrás y busca apoyo, incluidas herramientas de autoexclusión si las necesitas. Proteger tus finanzas y tu estado mental siempre es una decisión más fuerte que intentar ganar para salir del malestar.